martes, 9 de agosto de 2011

El exilio interior (Cap. XXIII) - Novela


Cap. XXIII. 15 de setiembre de 1985.

          Beatriz llamó hacia la media mañana para decirme que Margarita me reclamaba. No obstante, después de informarme  que su hermana me esperaba exactamente a las cinco de la tarde, pidió verme antes, para hablar de "algunos problemas respecto de la convocatoria". La invité a almorzar y quedamos en encontrarnos una hora después de mediodía en un restaurante ubicado a medio camino entre su casa y el sanatorio.
          Salí con tiempo suficiente como para llegar caminando al lugar donde me encontraría con Beatriz y recorrí algunas de las calles en las cuales, hacía ya tiempo, acostumbraba desfilar con algunos amigos, quienes ya no están porque se fueron de mi vida o de la vida misma. Mirar las cosas que permanecían sin otros cambios que esas ausencias me produjo una enorme tristeza. Veía rostros y recordaba gestos o comentarios. Absorto, pensaba que todavía era un hombre joven pero ya contaba los amigos y conocidos muertos o desaparecidos por decenas, todo lo cual trastrocaba el viejo paisaje hasta casi borrarlo, al tiempo que vaciaba de alegría mi ánimo. Tropecé con una mujer joven y me deshice en disculpas, sin darme cuenta de que ella estaba encantada con ese encontronazo, algo que, por ejemplo, Diego me hubiera hecho notar inmediatamente, hablando también de su "envidia visceral" ante aquello que definía como mi "suerte constante con el sexo opuesto".
          - "Pobre Diego, quien nunca apareció muerto o vivo; pobres sus padres, que siguen esperando que algún día retorne" - me dije.
          Cuando llegué al restaurante, pese a que lo hice antes de la hora convenida, Beatriz me estaba esperando. Levantó su mano para indicar la mesa donde se había sentado y me dedicó una de sus tristes pero hermosas sonrisas. Se había maquillado, peinado y hasta vestido de un modo que me pareció muy similar al utilizado por Margarita en tiempos cuando salía conmigo. Me mantuve unos instantes callado, mirándola. Creo que ella  adivinó las razones de mi silencio y ensayó una explicación, según la cual, todo respondía a "un pedido especial que hizo Margarita cuando rogó que también te convocara".
          - ¿Que también me convocaras?... ¿Qué quiere decir eso?
-         pregunté extrañado.     
          Un mozo que llegaba con el menú interrumpió nuestra conversación. Hicimos el pedido y volví a mirarla inquisitivamente. Ensayó una sonrisa tenue, pero no habló sino para pedirme que postergáramos el tema para el café de sobremesa. Comimos frugalmente, pero ella bebió bastante vino y se mostró algo achispada. Volví a preguntarle sobre la "convocatoria", pero respondió con otra pregunta acerca de porqué había estado yo casi dos años sin llamarla. No traté siquiera de explicarlo, porque era algo que no tenía explicación.
          - Pero yo te había dicho que te esperaría todo el tiempo que fuera necesario y cumplí mi promesa. Te he esperado. No es muy justo lo que me estás haciendo, - insistió con un hilo de voz.
          Si trataba de hacerme sentir culpable, lo estaba logrando con creces.
          - Estás logrando que me sienta muy mal. Deberíamos vernos en otro momento y en otro lugar para conversar sobre nosotros - le dije y eso hizo que cambiara de actitud.
          Volvimos sobre la "convocatoria" de Margarita y la explicación que dio Beatriz sirvió para aclararme el porqué del empleo de un término semejante.
          - Mi hermana ha decidido reunir a todos aquellos con quienes mantuvo alguna clase de relación. La lista de invitados que me dictó se aproxima al centenar, incluyéndonos a nosotros dos.
          - ¿Para qué hace eso? No está en condiciones de recibir esa clase de visitas y, además; ¿dónde va a meter la gente? La salita de la clínica es chica.
          Beatriz explicó que su hermana quería despedirse de todos y que, por ese motivo, hablaba de una convocatoria. Me dijo también que había gastado un dineral para lograr que los directivos del sanatorio le permitieran salir por dos o tres horas y que además le designaran un médico para acompañarla. Margarita, según su hermana, alquiló un salón céntrico para esa reunión, hacia donde hubo que trasladar equipos y personal de asistencia. Beatriz me mostró unas hojas de papel escritas a máquina y, como descontaba que se trataba la lista con los nombres de los "convocados", pedí leerlas.
          - No creo que te vaya a gustar nada de lo que leas aquí, pero ella me dijo que te los dejara ver - respondió mientras me los alcanzaba.
          Leí y releí los nombres del listado. Conocía personalmente no más de una docena de ellos. Del resto, Beatriz me dio algunos datos aislados que sirvieron para formarme un panorama general de lo que podía esperar más tarde. Entre quienes llegué a tratar alguna vez personalmente, estaban Silvio Patrese, un publicista que siempre quiso que Margarita trabajara para él como modelo; Juan Santillán, un enamorado de ella muy constante pero nunca correspondido; José Gassendi, un autocalificado poeta, dado a las frases altisonantes y huecas; Susana Lemos, una mujer hermosísima pero sexualmente tan neutra que hacía que muchos sospecharan que era lesbiana; Oscar Sardi, un profesor de filosofía; Eduardo Torales, otro profesor, y, por supuesto, Carlos y Beatriz. De entre aquellos desconocidos que Beatriz trató de explicarme quienes eran los que ella conocía y que sumaban alrededor de otra veintena, había desde médicos hasta sicólogos y psicoanalistas, desde políticos hasta militares, desde estudiantes hasta escritores. Llamó mi atención que solo hubieran sido convocadas tres mujeres: Susana Lemos, a la cual se sumaban la madre y la hermana de Margarita. Por un momento, pensé que yo no debía estar presente en una reunión que imaginaba semejante a un aquelarre. Lo dije a Beatriz, pero ella respondió que estábamos frente a "la despedida definitiva de una persona que nunca sabemos si obra o no con lucidez", y tal argumento resultó suficiente para cambiar mi decisión.
          - Además, - añadió - no creo que concurran más de quince o veinte personas.
          Salimos del restaurante alrededor de las tres y media de la tarde y fuimos a un bar cercano a la clínica, para matar el tiempo que restaba hasta el momento cuando se iba a realizar la reunión. No volvimos a tocar ese tema. Beatriz quiso hablar de sus proyectos de estudio y trabajo, los cuales me incluían, pues, no solo pensaba cambiar de carrera universitaria, dejando sociología por filosofía, sino que también esperaba que se confirmara mi nombramiento en una cátedra (donde yo había participado en un concurso de oposición) para inscribirse en la misma, "aún cuando fuera como oyente". Los esfuerzos que ella hacía para mejorar mi estado de ánimo no daban resultado, pero no renunciaba a hacerlos. Poco a poco, iba descubriendo algunos aspectos de su personalidad que apenas tomé en cuenta en el pasado y que trazaban el perfil de una mujer callada pero firme en lo que a objetivos de vida se refiere. De todos modos, no quise ni pude avanzar en ese terreno, preocupado como estaba por la próxima e ineludible reunión y los motivos de la misma.
          Llegamos al lugar prefijado poco antes de la hora convenida. Margarita había ordenado se organizara todo de una manera tal que cualquiera que entrara en el salón tendría la impresión de estar en un teatro, en el centro de cuyo escenario se encontraba ella en una cama, rodeada y sostenida por almohadones, con sillas y mesas delante, obviamente destinadas a sus convocados. La escena toda parecía copiada de un drama de fines del siglo XIX, con la dama agonizante incluida, pero con algún atisbo de burla en el modo de presentación, en tanto no se veía el rostro del personaje central, quien se mantenía en las sombras, pero sí el de sus eventuales asistentes. Se cumplió el presentimiento de Beatriz y solo asistieron unas veinte personas del total de la lista de convidados. Pasados unos treinta minutos de la hora fijada en la extraña convocatoria, Margarita comenzó a hablar. Su voz, de tono aletargado, parecía brotar de la oscuridad, como si se tratara de un oráculo o de un fantasma.
          - Mis muy apreciados visitantes, los he convocado para dar la representación del fin dramático para una vida, la mía, que, buscando agotar todos los límites de los sentidos, no alcanzó ninguno. Aunque no han venido todos cuantos, de una u otra manera, tuvieron que ver con lo que menciono, aquellos que están aquí, seguramente, son quienes desean más saber y deberé conformarme con eso porque ya no queda tiempo para ir en busca de nadie y porque, en última instancia, siempre he tenido que conformarme con apenas una pequeña parte de lo que deseaba.
          Calló por unos tensos momentos. Tomó resuello y prosiguió, dirigiéndose a mí:
          - Veo que has venido. ¿Beatriz logró convencerte? Estaba segura de que lo haría. Beatriz siempre logra convencer a las personas. Con su timidez y sus silencios, consigue que nadie la tema, algo que ya es mucho en nuestro mundo, porque el temor al prójimo parece casi una precondición en nuestras vidas. Quizás, cuando yo me vaya definitivamente, trate de convencerte de otras cosas. No estoy segura que lo consiga... Bueno, en realidad, ya tampoco importa eso. Viniste y es más de lo que me sentía con derecho a esperar.
          Cambió otra vez de destino para sus palabras y, dirigiéndose al resto de los presentes, continuó, mientras parecía me señalaba desde la oscuridad:
          - El siempre fue mi límite. El silencio para mis gritos, la contención de todos mis desbordes. Tanto fue así, tanto, que creí que, librándome de él, podría ir más allá de toda clase de límites, pero solo descubrí que, más allá de esos límites, no hay nada.
          Ella y todos los presentes callamos por un largo momento. La voz de José Gassendi rompió ese silencio:
          - Es poesía... Es lenguaje calcinado... Es toda una metafísica de lo concreto.
          Carlos lo miró furioso y me dijo con voz sorda:
          - ¿Te parece que éste es un momento para que este tipejo repita sus acostumbradas estupideces? Hablar de una metafísica de lo concreto es tan serio como mentar las tetas de la hembra del tiranosaurio. Es increíble la desvaluación que sufre la palabra humana en manos de ciertos sujetos.
          Gassendi debe haber oído algo pues, por un instante, pareció dispuesto a hablar pero solo respondió con un gesto despectivo. Les hice señas a ambos para que callaran, porque ella estaba tratando de retomar su discurso.
          - He tratado de saber a través del sentir y no... no sé qué me ha pasado... Yo no quería saber con el pensamiento, no quería analizar nada, porque el análisis destruye, bastardea las cosas y yo quería sentirlas como son en su raíz. Buscaba la luz total, el puro sonido, el tacto absoluto, la sensación más completa y martiricé mi cuerpo para eso, pero no encontré nada, nada. Cuántos hombres pasaron por mi vida, sin amar a ninguno o, tal vez, solo a uno... A aquel que dejé ir, a aquel, al único para quien yo nunca deseé que se fuera de mi lado inmediatamente después de hacer el amor.
          Susana Lemos se paró, caminó hacia ella y se detuvo junto a la cama como para protegerla de las miradas del resto. La madre de Margarita ocultaba su rostro. Beatriz lloraba en silencio.
          - No te olvidé, querida Susana, pero no eras él... Solo fuiste otro experimento... Si puedes hacerlo, perdóname.
          Algunos de los presentes comenzaron a retirarse. Otros miraban como alucinados. Hubo algunas risitas nerviosas y más silencio. Margarita hizo un esfuerzo enorme para levantar su mano y pidió que la escucharan solo unos minutos más.
          - Por favor, no se vayan, no me dejen todavía... Permítanme terminar mi despedida. Es muy poco lo que les pido y es tan poco lo que resta del plazo que se me concedió sobre esta tierra. El tiempo, saben, el tiempo es todo lo que tenemos los seres humanos y no debe ser malgastado. Yo misma llegué a creer que tenía más, cuando me hablaron de mi enfermedad. Creí que restaban diez años de tiempo pleno y no era así... Pero siempre me he engañado... Lo mismo me pasó cuando traté de ampliar el mundo de mis sentidos con drogas, para crear la ilusión de sensación plena. Mi castigo fue crear eso precisamente, solo una ilusión. No se vayan, por favor, no se vayan, no hagan ahora lo que hizo todo lo demás y como me iré yo, dentro de muy poco...
          - Esto es una completa locura, interrumpió Silvio Patrese, pero optó por callarse ante la mirada furiosa de Juan Santillán, quien lloraba sin disimulos.
          Margarita notó ese llanto, pero no reaccionó ni dijo nada. Lentamente, su voz se transformó en un murmullo y su cabeza cayó hacia un lado. Lo único que llegué a entender fue "nadie vendrá ya por mí, nadie, absolutamente nadie...". El médico que había contratado para atenderla en caso de emergencia se dirigió a los presentes para decir que su paciente no podía continuar. La madre de Margarita se acercó a la cama y acarició su cabeza, pero ella la contuvo con un leve gesto de rechazo. Beatriz, Carlos y Santillán yo seguimos sentados, sin movernos. El resto de los convocados se fue retirando pausada y silenciosamente, salvo Santillán, quien seguía en su lugar con la cabeza entre las manos, completamente destrozado, y Susana Lemos, quien me contemplaba con un gesto de incredulidad. Media hora más tarde, vino una ambulancia y llevó a Margarita de nuevo a la clínica. Cuando la cargaron sobre la camilla, pidió a los enfermeros se detuvieran frente a mí, extendió su mano y rozó la mía.
          - Trata de recordarme con indulgencia y, si puedes, guarda una sonrisa para mi memoria - dijo a modo de despedida definitiva.
          Su madre y su hermana se fueron con ella.

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